Terrace House: un reality a la japonesa que sí me puedo tragar

Saludos, cosmonautas.

La paternidad no me deja tiempo para muchas de las cosas que hacía antes, pero sí puedo pasar muchas más horas delante de la tele que antes (con lo cual veo más anime y leo menos manga… *sigh*). Y como Netflix lo carga el diablo, hace unos días me recomendó que viese un programa llamado “Terrace House: boys & girls in the city”. La sorpresa era doble, en primer lugar porque era un reality show con producción de Netflix, que en el terreno de la no ficción nos tiene acostumbrados a otras cosas, y eso de por sí ya generaba cierta curiosidad. Pero además, se trataba de un programa japonés… Take all my money!

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Antes que nada, tengo que aclarar que no soy nada aficionado a los reality, y mucho menos a los del estilo Gran Hermano. Cierto es que vi las dos primeras ediciones, que sin duda fueron toda una revolución televisiva y tenían parte de ese interés sociológico por ver como se comportarían esas personas bajo constante vigilancia y aislados del mundo (aún mantenía la idea del Gran Hermano de Orwell). Pero con el tiempo se convirtió mucho más en un concurso-culebrón protagonizado por personajes esperpénticos con estrategias y conflictos prefabricados para dar espectáculo, provocar polémicas, etc. De hecho, esto último se puede aplicar a muchos de los programas que hoy día llenan la parrilla, y más allá del puro entretenimiento, por lo general me aburre ver una y otra vez las mismas historias de personas que no me interesan lo más mínimo. Si bien se puede tener un interés antropológico por Gandia Shore o Jersey Shore, con tres o cuatro capítulos es suficiente para confirmar que sí, que existen personajes así en el mundo (aunque a veces solo hace falta ir al “carrefú” para verlo).

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Los seis habitantes de la casa iniciales.

“Terrace House” se presenta cada capítulo con esta explicación: “Buenas noches. En Terrace House seis desconocidos, hombres y mujeres viven juntos y vemos como se relacionan. Nosotros solo hemos preparado una casa y un coche. No hay guion.” Si bien nuestro referente televisivo más inmediato es el programa anteriormente presentado por Mercedes Milà, el formato es mucho más parecido a “The Real World”, una producción de la MTV que empezó en 1992 y se mantiene hoy en día, y que seguía la vida de una serie de jóvenes que compartían piso. La gran diferencia con el programa de Telecinco es que los participantes de Terrace House (y The Real World) siguen haciendo su vida normal, es decir, salen a trabajar, a estudiar, quedan con otras personas aparte de los habitantes de la casa… en definitiva, es una situación más realista, donde la cuestión de la renuncia a la intimidad no es tan importante (no hace falta poner cámaras en todas partes ni en todo momento). Además, no hay nominaciones ni pruebas, el programa tiene una duración establecida (aunque se ha prorrogado varias veces) y los participantes se pueden marchar cuando quieran (siendo sustituidos al cabo de unas horas o días). No es un concurso, no hay ganadores, simplemente se trata de tener una experiencia, y en algunos casos encontrar pareja o ganar cierta popularidad para su carrera. La idea es que todo sea lo más natural posible, y la sensación es que es así. La excepción a todo esto, que incluso podríamos definir como metatelevisivo, es que en Japón se puede ver un episodio nuevo cada semana mientras se sigue rodando, de forma que los participantes se pueden ver a si mismos o qué han dicho/hecho sus compañeros (aunque sea varias semanas después). De todos modos, no parece que tenga demasiado efecto en sus dinámicas, precisamente porque ya ha pasado cierto tiempo.

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Pero hay algo que también lo diferencia y que lo puede hacer más atractivo para aquellos que, como yo, el formato reality no nos entusiasma. La factura técnica está a años luz. La iluminación, la fotografía y la dirección no tienen nada que ver, y a pesar del realismo que supura por todas partes, el montaje a veces lo acerca a una serie de televisión, haciendo un buen uso de los cliffhangers a mitad de capítulo o al final. Para amenizar todo esto existe la figura de los comentaristas, también tres mujeres y tres hombres (o dos hombres y un niño, mejor dicho), que son los encargados de resumir el episodio anterior, comentar a mitad de capítulo, y poco antes del desenlace del mismo.No existen ni confesionarios ni los testimonios de los propios participantes, algo muy habitual de los realities de hoy en día, con lo cual no tienes esa sensación de que se pasan el día analizándose a sí mismos, para eso ya está ese panel de “celebrities”. Y la verdad es que hay un abismo entre los comentaristas de Terrace House y las jaulas de grillos que son los programas que comentan Gran Hermano y similares. Mientras que aquí la chabacanería, el insulto y el escándalo son la norma (y lo que le gusta a la gente), los japoneses se dedican sobretodo al análisis con un tono humorístico, a veces muy inteligente (no sé si algunos comentaristas de Telecinco serían capaces de formular/entender metáforas), y aunque existe cierta dosis de sarcasmo (no diría crueldad), el tono es muy amigable y simpático. De hecho, parece que incluso ponen risas enlatadas en según qué momento. No se buscan los trapos sucios, no se hurga en el pasado, y no se traen a los típicos familiares/amigos/enemigos para que nos cuenten su vida. En ese sentido, a años luz, y los comentaristas de Terrace House te ayudan incluso a entender ciertas cosas que fácilmente te pueden pasar por alto.

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Como decía antes, no tengo demasiado interés en ver este tipo de realities, pero el factor japonés le añade un atractivo especial para alguien que se ha dedicado a estudiar la cultura japonesa. Pero de lo que me he dado cuenta rápidamente, es que no hace falta cursar Estudios de Asia Oriental para sentir cierta fascinación por la forma en que se comportan los participantes de Terrace House. De hecho, a los que estén más acostumbrados a ver este tipo de programas, seguro que les chocará la tranquilidad, contención y respeto mutuo con el que se relacionan estos participantes. Si lo que uno quiere ver son grandes dramas, gritos y gente que casi llega a los puños, tendrá que buscar por otro lado. Pero ojo, esto no significa que no haya lágrimas y marrones varios, que a pesar de que algunos les cuesta creer, los japoneses son humanos, con emociones y esas cosas, lo que pasa es que las expresan de forma distinta (y si no hubiese chicha alguna, el programa no tendría interés a los tres o cuatro episodios). Conocer la forma de comunicar de los japoneses puede ser una ventaja a la hora de ver el programa, y hace más fácil entender según qué comportamientos, incluso el subtexto que puede haber en según qué situaciones (de hecho, si esto fuese un manga, irían de perlas algunas notas de traducción). Pero no tener esos conocimientos también puede convertirse en otro tipo de ventaja, y es que todo se convierte en más sorprendente, a menudo desconcertante, y a veces puede hacer que te lleves las manos a la cabeza por no entender… ¡por qué coño actúan de esa manera! Pero al final, es posible que consigan emocionarte con pequeños detalles y comentarios que en nuestros realities pasarían totalmente desapercibidos o serían directamente sosos y “antitelevisivos” (y eso te puede llevar a pensar en la poca interferencia que tiene el programa en como actúan los protagonistas).

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A nivel de comportamiento, las diferencias son más que evidentes. Si lo comparamos con Gran Hermano, cuando un concursante llega a la casa y se encuentra con otro, normalmente son bastante efusivos, hay mucha alegría y entusiasmo, se recorren la casa entera para ver como es, y saltan de alegría con cada pequeño detalle. En Terrace House tardan varias semanas en descubrir que en el segundo piso hay una habitación de estilo japonés, y lo de los abrazos tardóa meses en llegar (si es que llega). Se presentan de forma mucho más formal y educada, que así es como se hacen las cosas en Japón, y siguen comportándose así la mayor parte del tiempo (en Japón uno no puede perder las formas).

En un Gran Hermano, un pequeño conflicto puede desatar una serie de broncas, con gritos y mucha gesticulación. En Terrace House de vez en cuando la tensión se palpa, incluso caerá alguna lagrimilla, pero las peleas son mucho más dialécticas, con indirectas y sutilezas. La mayor parte de problemas se acaban resolviendo hablando tranquilamente, incluso aunque pareciese que las posturas eran irreconciliables. Esa forma de decir las cosas de los japoneses, que a menudo dan mil vueltas para decir algo procurando no ser demasiado directos ni tajantes, es lo que suele sorprender poner de los nervios a los occidentales, y lo cierto es que se puede hacer difícil decodificar según qué conversaciones, le puede llevar a uno varios años de experiencia dominarlo. De hecho, es algo que se le requiere a cualquier japonés, poder entender el contexto, o como dicen ellos: “leer el ambiente”. Saber decir las cosas con las palabras apropiadas, en el momento apropiado, es muy importante. Y alguno de los mayores conflictos los ha provocado algún participante que se ha mostrado demasiado directo y sincero, y ha sido criticado por su falta de empatía.

Para los japonófilos, es una muy buena oportunidad de ver un “slice of life” de verdad, y si encima os gusta la gastronomía japonesa, la serie es un no parar de gente cocinando, y cenas en restaurantes de todo tipo. Y lo mejor es verlo habiendo comido, o comiendo… ¡y si es comida japonesa mejor! De hecho, el hecho de cocinar juega a menudo un papel crucial en las relaciones de pareja que van surgiendo, y es algo se ve muy claro en Terrace House… igual de claro que el machismo que envuelve el tema, aunque más tarde llegará un cocinero que desterrará a las mujeres de los fogones. También seremos testigos de lo importante que es tener una idea clara de lo que quieres hacer con tu vida, el valor que se da al esfuerzo (“¡el ganbarismo!”)… y si no lo tienes claro, mejor disimula. Además, aunque el montaje no siempre ayuda, uno puede apreciar las horas que realmente pasan fuera de casa trabajando, llegando a horas intempestivas. Solo hay que estar un poco atento, y el programa puede convertirse en una interesante forma de aprender mucho más sobres los japoneses.

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Terrace House es, además, un ejemplo del poder de persuasión que ha conseguido Netflix, de la confianza en su marca, y de la globalización de contenidos que puede comportar su penetración en todo el mundo. Ya hay series brasileñas, coreanas, japonesas, y dentro de poco una española con Netflix de productora, e incluso dicen que “Merlí”, una de las series de éxito de TV3, estará disponible en breve. Algunos japoneses pensaron en su momento que el manga y el anime podrían triunfar fuera de su país, y vaya si lo ha hecho, ¿por qué no un reality?  En Internet encontraréis gente hablando de Terrace House en muchos idiomas distintos, y otra prueba del éxito definitivo es que ya se emite una nueva serie en Japón, y en unos pocos días se podrá ver en España (Terrace House: Aloha). Incluso se reúnen firmas para que Netflix ponga a disposición las anteriores 8 temporadas de Terrace House que solo se emitieron en Japón (con algunos de los comentaristas como participantes).

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Ojo a los comentarios para otakus que aparecen… con mención incluso a la afición de Eiichiro Oda por el programa.

No os engañaré, si no fuese un show japonés muy probablemente no lo habría visto por voluntad propia (otra cosa es que me “obliguen” en casa a ver según qué programas…). Para mí tiene ese interés cultural particular, y si también eres un japonófilo seguramente te interesará. Pero como he dicho antes, no es necesario ser un experto en etiqueta japonés para engancharte al programa y disfrutarlo, y descubrir que los reality pueden ser algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados.